Los venezolanos vivimos horas de gran incertidumbre, todos nos preguntamos, cuándo terminará este caos, cómo será el final, cuál de las partes prevalecerá. La situación es compleja y aunque la imaginación nunca alcanza para identificar la riqueza de la realidad, intentemos algunos escenarios posibles

El primer escenario, la oposición desiste

La ciudadanía opositora renuncia y el gobierno avanza en sus intenciones totalitarias, no es difícil predecir lo que ocurriría si el chavismo triunfa luego de las protestas iniciadas tras la fatídica sentencia 156 del Tribunal Supremo de Justicia, donde se anulan por completo las competencias de la Asamblea Nacional contraviniendo el principio republicano de independencia de poderes, además la decisión evidencia abiertamente la supeditación del poder judicial al ejecutivo. Aunque muchos hayan respirado un poco con las declaraciones de la Fiscal general de la republica Luisa Ortega Díaz a la final son solo palabras, no hay acciones que las respalden.

Ante tal descalabro, la dirigencia opositora experimentaría un enorme descredito, que rebajaría a niveles subterráneos su capacidad de convocatoria. La búsqueda de responsabilidades que acompaña toda derrota, terminaría por afectar la unidad democrática y en consecuencia los resultados de los próximos eventos electorales como las elecciones regionales pendientes.

Inevitablemente, aquellos dirigentes de oposición considerados como radicales por los sectores oficialistas, estarían expuestos a la persecución o a la invalidación política en el mejor de los casos. Mientras que los llamados presos políticos tendrían que esperar pacientemente el desenlace final de sus condenas.

Serían los grupos de oposición más moderados, a los ojos del oficialismo, los que sobreviran con cierta notoriedad en la vida política del país, sosteniendo la imprescindible imagen democrática ante la comunidad internacional.

El oficialismo, ante la derrota opositora, magnificaría su triunfo, como resultado del apoyo popular, proclamado con una enorme campaña mediática, inspirado en la consigna que el pueblo venció al imperio. La consolidación de poder que otorga toda victoria, podría propiciar definitivamente la tan anhelada “democracia directa”, formulándose una nueva forma de votación. El nuevo sistema de votación aseguraría, que nunca jamás, la oposición por medio del voto pueda alcanzar la representación mayoritaria, ni de una asociación de vecinos.

Obviamos algo importante, no solo la oposición sufrirá las consecuencias de la derrota. Aquellos afectos al gobierno que, ocupando cargos públicos en los momentos difíciles de las protestas populares, osaron cuestionar públicamente las sentencias del TSJ, poniendo en peligro los intereses estratégicos de la revolución, tendrían un oscuro destino.

Segundo escenario, el gobierno es obligado a dimitir

Siempre será posible seducir a los pueblos para apropiarse del poder por la vía democrática. El problema se presenta cuando el encanto desaparece, las promesas no se cumplen y la mayoría termina repudiando lo que antes aclamaba. Entonces, la democracia ya no es de utilidad para perpetuarse en el poder, no quedando otra posibilidad que quitarse la máscara y recurrir a la represión.

Si las protestas se mantuvieran por largo tiempo, si lejos de debilitarse se incrementaran, si la comunidad internacional continuara sus reclamos, pudiera ocurrir que los sectores más cuerdos o más temblorosos del oficialismo, iniciaran una desbandada. Sería muy probable que nos halláramos ante ese grito tan repetido, en la caída de los poderosos: “sálvese quien pueda”.

El pánico se apoderaría de las filas oficialistas, la derrota consumiría gran parte de su energía residual, en la búsqueda de posibles chivos expiatorios, siempre imprescindibles en momentos de derrota y decepción. 

Presenciaríamos algunos conatos callejeros de seguidores leales al comandante eterno, en tanto que otros, la gran mayoría, buscarían calmar, en sus hogares, la zozobra causada por tan inesperado acontecimiento.

Políticos y juristas tratarían de resolver la complicada situación constitucional de una transición que dejaría en manos del actual Vicepresidente, las riendas del nuevo gobierno. Conociendo la infinita plasticidad de las artes jurídicas y políticas, siempre aparecería una fórmula constitucional para evitar la sucesión directa en un militante del PSUV; inaceptable para la mayoría victoriosa. La mejor solución, sería acompañar la nueva designación, de una urgente y pronta convocatoria de elecciones generales.

El esfuerzo por alcanzar un país próspero y democrático, dependería de la capacidad de todas las fuerzas políticas, económicas y sociales por crear una institucionalidad verdaderamente democrática, respetuosa del principio republicano de independencia de poderes públicos, liberándolos del dominio de grupos partidistas con pretensiones mesiánicas, cualquiera sea el signo político.

Los monumentales retos a los que se enfrentaría el nuevo gobierno y las consecuencias para su estabilidad podrían ser objeto de otro trabajo. La presencia del chavismo no desaparecería de la vida política, más bien se mantendría su vigencia en grupos como Marea Socialista u otras agrupaciones afectas al llamado legado.

Este escenario, en las actuales circunstancias, poco probable, no puede ser descartado completamente, debido al desenlace que tuvieron los acontecimientos del 11 de abril de 2002.

El peor escenario, la violencia permanente

Ninguna de las partes sede, situación parecida a la existente con el agravante que traería consigo un considerable incremento de la violencia social y política. Ante tal situación el gobierno tendría tres alternativas: La primera permitir la protesta sin represión, obviamente no es el camino escogido por las autoridades.

La segunda, oprimir sin piedad cada convocatoria de la oposición. El gobierno, poseedor del monopolio del uso de las armas en su afán de controlar la situación nos lleve a un constante estado de conmoción interna, generando un marco de empobrecimiento agudo y general. Aunado al desgaste de la infraestructura nacional, así como de la poca industria que permanece en el país. El peligro subyace en una escalada de violencia provocada por la pérdida del control de las partes en conflicto de sus seguidores o ya sea por orden o ejecución de los organismos de seguridad del estado.

La tercera opción, la represión selectiva. Consiste simplemente en escoger cuando, donde, como y a quien reprimir, al parecer esta es la estrategia a seguir debido a la falta de recursos físicos y humanos para estabilizar la situación interna, unas veces se recurre a los organismos policiales, otras al terrorismo judicial y en ocasiones cada vez más frecuentes a los paramilitares o mal llamados “colectivos”. Además, la idea no es “acabar con la oposición”, sino domarla.

Los resultados de la violencia no beneficiarían a ninguna de las partes, dejando al final, huellas solo servirían para agudizar la profunda crisis económica, política y social que ya vivimos, acrecentando los odios que conducen a nuevos y mayores enfrentamientos futuros. Este escenario no es descartable, aunque poco probable, la historia reciente de Siria nos ofrece un triste ejemplo.

¿Hasta dónde un pequeño grupo de hombres están dispuestos a llevar un pueblo, por mantener un país como su feudo privado? aun no lo sabemos. El escenario más desfavorable

Ahora bien, la oposición acude a elecciones controladas por el actual CNE, bajo la presidencia de Nicolás Maduro y el plan república en manos de Padrino López. En este orden de ideas, son cuantiosas las advertencias de quienes adversan al gobierno, constantemente denuncian que bajo las condiciones actuales no puede haber sufragios libres y con resultados trasparentes, asistir a un evento electoral regional es lo más parecido a un “auto suicidio”.

La solución ideal

Todo lo que conduzca verdaderamente a la paz y el progreso debe ser objeto de atención; fuera de la democracia son difíciles de alcanzar. Además, deben lograrse en las mayores condiciones de igualdad posibles. Hace tiempo la historia demostró que el respeto a la institucionalidad e independencia de poderes son factores imprescindibles para alcanzarlas. Siempre que un grupo político se ha apoderado de los organismos públicos de un país, tarde o temprano se llega a donde hoy hemos llegado los venezolanos.

Lo ideal muy pocas veces se logra, sobre todo en política, donde son tantas las fuerzas e intereses actuando en direcciones muchas veces opuestas. Habría que preguntarse, ideal para que grupo político, ya que lo ideal estaría sujeto a la ideología de ese grupo. Así que lo ideal quedaría delimitado en las pocas cosas que aún une esos diferentes grupos políticos.

Lo ideal pasaría por una solución a más largo plazo, no solo que tenga en cuenta el momento presente, porque corremos el riesgo que, pasado un cierto tiempo, los que hoy condenan las protestas sean entonces los nuevos protestantes.

Lo ideal sería que, en este momento de frustración, de desesperanza, de incertidumbre, de miedo por el futuro, de miedo por la vida de nuestra familia, de desespero por no tener para comer, de ansiedad por un salario miserable, de preocupación por el carro parado por dos meses sin cauchos, por no saber dónde encontrar las medicinas de la madre, en fin, para muchos, lo ideal sería, desaparecer de este martirio que es vivir en Venezuela.

Para los que todavía quedan aquí, la única solución posible, sería avanzar a una Venezuela diferente. Para ello, no quedaría otra opción, que todos sin excepción, participáramos en una elección general, dejando una vez más expresada, cual es la voluntad popular. Después, asegurarnos que nunca más, bajo ninguna circunstancia, permitamos que un grupo político por hermosas y prometedoras que parezcan sus palabras se apodere de la paz y tranquilidad de nuestro país.

“Nunca dudes que un pequeño grupo de ciudadanos reflexivos y comprometidos puede cambiar el mundo. De hecho, es lo único que lo ha logrado.” Margaret Mead (1901–78), antropóloga estadounidense.


Carlos Alberto Rojas Astudillo
Periodista larense

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